Un relato sobre una especie infantil poco estudiada, capaz de arrasar jardines, muebles y paciencia adulta en cuestión de minutos.
Mientras observo los restos de una enorme cama saltarina de cuatro metros de ancho —que hace cinco minutos se erguía intacta sobre el césped del jardín— no puedo dejar de pensar en otra causa. No fue el viento. Tampoco un desperfecto técnico. Esto es obra de los niños termita.
Son más comunes de lo que pensamos. No hay que confundirlos con los chicos mosca, esos que aparecen de improviso, con una gran sonrisa, de la mano de una madre que, celular en mano y rostro desencajado, te pedirá que lo cuides “un ratito” porque la empleada no vino y tiene una reunión en cinco minutos en Delaware. Mientras intentás procesar que Delaware queda en Estados Unidos y que es materialmente imposible que llegue a tiempo a esa junta tan urgente, el niño ya estará sentado a tu mesa, disponiendo de tu almuerzo.
Tampoco son como los chicos vaquita de San Antonio, dulces y amables, que juegan tranquilos, piden permiso y dan las gracias. Esos casi no hacen ruido. A veces hasta te olvidás de que están.
Podría pensarse que los niños termita tienen algo del niño mosquito, ya que comparten esa capacidad de zumbar alrededor tuyo durante todo el día. Pero mientras el mosquito, en el peor de los casos, te deja una pequeña urticaria, el termita es una pesadilla. No pica: devora.
Son la contracara de los chicos escarabajo. A diferencia de estos, que avanzan despacio y suelen ser algo tímidos, los niños termita arrasan con todo lo que encuentran a su paso en cuestión de minutos. No distinguen entre juguetes propios y ajenos, objetos decorativos, plantas recién regadas o mascotas con vocación de paciencia.
Rara vez llegan solos. Suelen aparecer en grupos medianos o grandes, como si respondieran a una organización secreta. Es fácil encontrarlos en cumpleaños infantiles o reuniones informales. Los reconocerás porque sus padres no bajan a saludarte. Los dejan en la puerta mientras huyen despavoridos, temiendo que el niño se arrepienta y quiera volver a casa o, peor aún, que regrese acompañado por más termitas.
Una vez adentro, el proceso es rápido y silencioso. Primero inspeccionan el terreno. Luego atacan. Almohadones destripados, cajones dados vuelta, juguetes mezclados en combinaciones imposibles. Cuando querés acordarte, alguien está llorando, otro corre con una pala que no es suya y un tercero pregunta, con total inocencia, si puede pintar la pared “un poquito”.
El problema con los niños termita no es solo el daño material. Es el después. Cuando el jardín parece haber sido escenario de una batalla medieval, cuando la cama elástica yace vencida y las migas crujen bajo tus pies, aparece la madre —o el padre— con una sonrisa cansada y una frase tranquilizadora: “Son chicos, viste cómo son”. Y uno asiente, porque discutir en ese momento implicaría aceptar que el caos ya ganó.
Al final del día, cuando el último termita se va y el portón se cierra, queda un silencio sospechoso. Uno recorre el terreno, cuenta los sobrevivientes, hace un inventario mental de pérdidas. Y entiende, tarde, que no fue una visita ni un accidente.
Fue una infestación.

Deja un comentario