¿Son los padres el verdadero problema?

Una narrativa cómoda para un problema complejo

La palabra Doubt en piezas de Scrabble.

“Hablame de tus padres” es una frase que se escucha con frecuencia en los consultorios. En muchas terapias, para resolver un problema, parece inevitable volver sobre la historia.

Hace un tiempo, leí un artículo de opinión que atribuía a nuestra generación la falta de autonomía de los jóvenes. Según el autor, el problema radica en la excesiva protección que ejercemos sobre nuestros hijos. Esa protección, afirmaba, se traducía en un estado de hipervigilancia y retracción. Los chicos ya no juegan solos en plazas ni en las calles. La vereda dejó de ser una prolongación del hogar, y el único trayecto que un niño recorre sin compañía es el que va desde la puerta de casa hasta el auto familiar. Como consecuencia, nuestros hijos buscan su espacio sin supervisión en las pantallas.

Para el autor, la inseguridad no basta para explicar este fenómeno. Lo que ocurre en la calle no siempre es más peligroso que lo que sucede puertas adentro, sobre todo en redes sociales.

Como suelo decir: mirar el problema desde la óptica exclusiva de la educación parental es cortar el hilo por lo más delgado.

No es raro escuchar, frente a delitos graves como el homicidio, o ante conductas antisociales de un alumno, comentarios sobre cómo lo habrán educado. La serie Adolescencia lo muestra con crudeza: un padre que hace todo lo posible por evitar reproducir la violencia con la que fue criado, pero no logra impedir que su hijo cometa un asesinato.

Sí, es cortar el hilo por lo más delgado, porque hay temas que atañen a la sociedad en su conjunto, no solo a los padres.

La inseguridad es una sensación

El cronista mencionaba “la inseguridad”. Los periodistas suelen usar el término como sinónimo de hechos delictivos (robos, homicidios). Un día, mirando el noticiero, mi hijo millennial me dijo: “La inseguridad es una sensación”. Antes de que pudiera responderle, agregó: “No es inseguridad, es delito”.

Uno de los problemas de esta sociedad es el eufemismo. Si hablamos de delito como “inseguridad”, lo reducimos al plano de lo subjetivo, y entonces nadie tiene que hacerse cargo. Deja de ser una tarea del Estado y se convierte en un problema personal. Un problema de los padres. Arreglate como puedas.

La realidad argentina existe. Desde el robo de un celular en el colectivo hasta una violación seguida de muerte, pasando por femicidios, asaltos a mano armada o asesinatos sin móvil aparente, son hechos que suceden todos los días. No solo en los medios ni en la boca de periodistas ávidos de morbo. Le pasa al vecino, a una amiga, a una conocida. Y más allá de las marchas puntuales que se organizan cada vez que ocurre un hecho aberrante ―que alguien tenga que cortar una calle para pedir justicia es la prueba más clara de la inoperancia institucional―, no he visto, en la última década, que esto haya movilizado verdaderos movimientos masivos que exijan cambios de fondo.

Entonces sí. Los padres tomamos decisiones dentro del estrecho margen que nos deja la sociedad. Y por eso no dejamos que nuestros hijos jueguen solos en la vereda, como tampoco mandamos a nuestras hijas en un remís, solas, a las tres de la mañana. Porque, a pesar del #NiUnaMenos, hay una generación ―o varias― que todavía cree que una chica en minifalda “se lo busca”.

¿Qué onda con el apocalipsis?

Incluso si el delito ―dejemos de hablar de inseguridad―, no es el único factor que incide en la falta de autonomía juvenil, el foco no puede limitarse a los metros cuadrados de una casa ni al tiempo que los chicos pasan en redes, ese agujero negro donde el voyeurismo se transforma en ansiedad social.

Existe, además, un culto a la inmediatez que no es nuevo ―ya en los noventa se hablaba del “todo para ayer”―, pero que se ha profundizado con la economía digital. Hoy todo se pide con un clic y se espera para mañana. Así, la espera o el esfuerzo se vuelven inentendibles.

Elegir una carrera, alcanzar la madurez, ascender laboralmente o ganar dinero, son procesos. Pero pareciera que nadie tiene tiempo. Gurúes y mentores repiten a diario que el mundo se acaba: “La inteligencia artificial dejará a miles sin trabajo”, anuncian. “¡Hay que estudiar otra cosa!”, exigen. Pero, ¿qué cosa? Si para cuando terminen de estudiar, todo lo que aprendieron será obsoleto.

La vocación se pone en duda. Muchos jóvenes sueñan con hacerse millonarios de la noche a la mañana, como si ser millonario también pudiera conseguirse por Mercado Libre.

No todo pasado fue mejor

La crianza cambió. No estoy de acuerdo con muchas de las formas actuales, sobre todo aquellas que colocan en cabeza de los chicos decisiones que deberían tomar los adultos. Sin embargo, celebro que el diálogo sea hoy el nuevo paradigma. Antes, la imposición y el silencio volvían invisibles muchos padecimientos que hoy pueden ser abordados, gracias a la apertura que muestran los nuevos progenitores frente a los problemas emocionales y psicológicos de sus hijos. Y eso no tiene que ver con jugar en la calle, sino con los espacios que se abren para la conversación y el intercambio genuino.

Claro que queda mucho camino por recorrer, especialmente en lo que respecta a la alienación frente a las pantallas, una desconexión que afecta tanto a chicos como a grandes. Pero si la puerta a escuchar permanece abierta, ya es un gran paso. Tal vez esa «extensión del hogar hacia la vereda», de la que hablaba el cronista, hoy se traduzca en otro tipo de puente: uno que conecte el mundo interior de niños y adolescentes —lo que piensan, lo que sienten, lo que temen— con el mundo que los rodea.

Conclusión

La idea de que los padres somos los únicos responsables de las carencias o excesos de las nuevas generaciones es, además de injusta, simplista. La crianza no sucede en el vacío: está atravesada por lo social, lo económico, lo político y lo cultural. Exigir autonomía en contextos inseguros, rápidos, fragmentados, es exigir sin ofrecer herramientas. Tal vez el verdadero desafío no esté en recuperar el pasado, sino en construir un presente donde educar no sea sinónimo de sobrevivir, y donde la palabra y la escucha valgan tanto como cualquier norma o límite. Porque los padres, por sí solos, no podemos con todo. Pero tampoco deberíamos tener que hacerlo.

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