
«El viajar es un placer que no suele suceder», cantaba Pipo Pescador en los 70. Quizás porque, en aquella época, irse de vacaciones era un lujo, algo más costoso y complicado. Volar, por ejemplo, era un evento casi glamoroso: los pasajeros se vestían para la ocasión, se comía con cubiertos de metal y las azafatas sonreían como si estuvieran en un comercial de televisión. En mi primer vuelo, a finales de esa década, la aerolínea me regaló stickers y lápices de colores. Recuerdos felices.
Hoy viajar sigue siendo emocionante, siempre que lo asociemos con el destino, el ocio y las vacaciones. Pero ¿qué hay del acto de viajar en sí? Trasladarse de un punto a otro—ya sea en avión, tren o barco—¿es realmente un placer?
Soy de los que observan detalles que otros ignoran. Como las filas de embarque. Esas que empiezan a formarse mucho antes de que sea necesario. Aunque los asientos están numerados, los pasajeros se plantan en la fila con una antelación que raya en lo absurdo. Y no es un fenómeno exclusivamente argentino.
¿Por qué lo hacemos? Una teoría es la ansiedad. Se estima que un 4% de la población mundial padece algún trastorno de este tipo, y anticiparse es una forma de calmar los nervios. Otra explicación es más práctica: en clase turista, el espacio para el equipaje de mano es escaso y nadie quiere arriesgarse a que su valija acabe en la bodega o, peor, en manos de algún ladrón aeroportuario.
Pero creo que hay algo más profundo. Esperar nos desespera. Aunque tengamos un libro, el celular o una charla para entretenernos, no podemos evitar mirar la fila que crece y preguntarnos si deberíamos estar ahí también. Como si quedarnos sentados fuera un riesgo. Nos gusta creer que, al ponernos de pie, estamos haciendo algo. Como si avanzáramos, cuando en realidad solo estamos matando el tiempo de una forma socialmente aceptada.
Y no es solo en los aeropuertos. Hace poco volví de Montevideo en ferry. Faltaban 45 minutos para embarcar y ya había dos filas enormes, aunque no era necesario. Ni siquiera el equipaje era un problema: cada quien lo pondría donde pudiera. Sin embargo, ahí estaban, de pie, con gesto de misión cumplida.
Esperar, en el fondo, es un trabajo en sí mismo. Y quizás, en un mundo donde todo parece moverse rápido, hacer fila nos da la ilusión de controlar el tiempo, aunque sepamos que no es así.
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