El camino de regreso

el camino de regreso.

A pesar de la imprevista decisión, dejó una pequeña nota aclarando que volvería. Era mejor dejar las opciones abiertas. Qué ironía. El reloj ahora lo apremiaba, sin embargo, sentía que su vida había pasado en cámara lenta.  

Mientras caminaba con dificultad hacia la parada del colectivo, imaginó, por un momento, la escena que tendría lugar cuando notaran su ausencia. En unos minutos, la enfermera encontraría la nota sobre la cama. Horrorizada, correría escaleras abajo para comunicárselo al director, pero pasarían varios minutos hasta que ese médico mediocre, con aires de importancia, decidiera tomar medidas. Primero se preocuparía por las excusas que debería brindar a la familia, qué hacer con el catering sería su siguiente prioridad. Para el momento en que el cerebro le indicara que saliera a buscarlo, ya estaría a varios kilómetros.

¿Publicarían su foto en la televisión? No todos los días se fugaba un viejo centenario de un hogar de ancianos, y menos el día de su cumpleaños. No le importaba si lo entendían o no, o si comían la torta sin él. ¿Por qué era tan importante para los demás organizar festejos? Si le hubiesen preguntado al menos.  En definitiva, era él quien cumplía un siglo.

Pidió al chofer que le avisara antes de llegar, temía quedarse dormido en el trayecto. Pensó que los cementerios quedaban demasiado lejos. Lejos de la ciudad y de los vivos.  ¿Cuántos de ellos había visitado en los últimos años? Muchos más de los que habría querido. Salvo esa tumba, salvo a ella. Recordó el dicho que dice “No hay mal que dure cien años”, sin embargo, él todavía seguía vivo.

Dormitó de a ratos, espiando con un ojo en cada frenada. ¿Y si el chofer olvidaba avisarle? ¿Podría reconocer el lugar? Sus miedos se esfumaron, cuando creyó reconocer una esquina que le resultaba familiar; la próxima parada era la suya.

A pesar de los años, todo permanecía de la misma forma. La entrada, con su doble puerta de hierro forjado, se erguía frente al visitante como orgullosa de su aspecto lúgubre. Ni siquiera la habían pintado un poco. En cambio, la grava del camino principal había desaparecido y en su lugar habían colocado unas baldosas de aspecto barato, que se agrietaban en varios lados.

Ella no le habría perdonado la falta de estilo de ese lugar, seguramente habría buscado uno más amable, más limpio, más abierto. Pero al igual que con la fiesta de la que estaba huyendo, en aquel momento no pudo elegir. Mejor sería decir que no le importó hacerlo. Estaba enojado, enojado con la vida, consigno mismo.  Con ella por haberlo abandonado tan pronto.

Encontró su lápida al final de un sinuoso sendero. Lo conmovió el rosal que sobre la piedra creía sin límite y perfumaba todo el espacio. ¿Quién lo habría plantado? ¿Sonia, tal vez? No hablaba de ella con sus hijos. Tema prohibido. Él lo había prohibido. ‹‹De su madre no hablen en mi presencia››, dijo, y punto. Por lo que no sabía si su hija habría plantado ese rosal.

 Como pudo, se sentó sobre la hierba, resoplando varias veces con el esfuerzo; le pesaba la hazaña del día en las piernas.  Sacó de una bolsa dos vasos de plástico que llenó con un jugo descartable, descolorido. Maldijo la pobreza de su banquete, pero era lo único que había podido encontrar en la cocina del geriátrico.

  ―Bueno ―proclamó, aun cuando sabía que sus palabras eran discurso para el viento―. Sabés que llego tarde a todos lados. ―Alzó el vaso para rematar un brindis, dejando el otro, intacto, sobre la hierba―. Supongo que podrás perdonarme por estos, digamos, treinta años que me demoré en venir. Es que no quería pasar otro cumpleaños sin vos.

Bebió despacio, tranquilo, mientras el tenue sol de primavera lo invitaba a recostarse sobre el pasto. Y antes de quedarse dormido pensó que la extrañaba. Todos los días de su maldita vida.

Te gustó? Te puede interesar Felicidad en cuero


Comentarios

Deja un comentario