A su espalda

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Se detiene a centímetros de su espalda. Laura le pregunta si quiere pasar primero, porque de seguro se va a demorar en la caja con el tamaño de su compra. No lo hace por bondad; le resultó sospechoso que el chico la saludara con tanta amabilidad cuando se puso en la fila sin haber elegido nada.  

El muchacho declina el ofrecimiento. Lo refuerza con una especie de reverencia, barriendo el aire con la mano derecha, un gesto caballeresco, casi antiguo, que nada tiene que ver con la campera deportiva de color rojo y el gorro visera negro que lleva puestos. Con la otra mano sostiene la correa de un bolso también negro que impresiona medio vacío.

Laura lo observa por el rabillo del ojo mientras espera a que se libere la cajera. El chico aprieta el bolso contra el cuerpo, no lo suelta, aunque cuelga del hombro. Ella se pregunta cuánta plata podría caber allí; demasiado grande como para llenarlo con la recaudación de una verdulería de barrio. Duda cuando la señora que la precede paga en efectivo.

Viene a su mente la última noticia del chat de vecinos: el asalto de la pollería, a solo dos calles de allí. No le había prestado demasiada atención porque suelen exagerar todo. Sin embargo, ahora recuerda. Recuerda que al vendedor le pegaron varios culatazos porque se había negado a entregar la recaudación. Recuerda que no les había interesado llevarse comida. Recuerda que lo único que gritaban era: ¡Dame la guita!

No sabe la edad que tenían los asaltantes. Ahora que vuelve a mirarlo, ahora que el chico mira para abajo y esconde la cara, piensa que podría ser uno de ellos. ¿Dónde estará el cómplice? Laura busca más allá de los estantes, no encuentra a nadie.

Por un instante considera dejar el carrito ahí mismo e irse. Como quien debe hacer algo importante, algo que no admite demora. Lo racional vence al instinto, pues en esa fracción de segundo, la cajera la llama y Laura avanza hacia el mostrador. Sus brazos operan en automático, apilan bolsas de zapallitos, limones y chauchas sobre el mueble. Lo hacen con lentitud, como si esa simple maniobra pudiera poner en pausa la próxima escena, que habrá de ocurrir. Nadie puede torcer lo que está escrito.

Vuelve a mirar al chico, no lo nota nervioso, ¿por qué no quiso adelantarse cuando se lo ofreció? Sigue ahí, encallado entre la góndola de las especias y los cajones de tomates, como si tuviese todo el tiempo del mundo. Lo ve cuando mete la mano en el bolsillo del pantalón jogging y remueve la tela. Y cuando la saca, vacía. ¿Estaría palpando el arma? No. Un revolver es demasiado grande para ese bolsillo. Mientras la empleada suma y pone las bolsas en una caja de cartón colorida, Laura decide que no sacará ni una moneda, irá directo al plástico. Se resiste a engrosar el botín que pudiera llevarse el chico.

¿Y si fuera un cuchillo? Hasta un cúter serviría para dominar a la cajera si le apuntara a la yugular. Tal vez eso es lo que buscaba el chico en el bolsillo. El mismo chico que todavía se mantiene a cierta distancia, pero siempre a su espalda, justo en el momento en que la empleada ofrece un descuento a Laura, si paga en efectivo.

‹‹Diez por ciento menos››, dice, con la tarjeta de débito en la mano. Laura hace cuentas, con la plata que se ahorra de la verdulería puede comprar el pan. ¡Con lo caro que está todo! La empleada la mira a los ojos, insiste. Laura voltea los suyos en dirección al chico, como si quisiera alertarla, la empleada desconoce el peligro que las acecha.

Cree que ahora sí lo nota más nervioso: continúa con la cara apuntando hacia las baldosas y frota el pie contra el piso, como si quisiera quitar algo que está pegado o estuviera desmembrando un insecto. De pronto levanta la mirada y la sostiene, desafiante, frente a las pupilas de Laura, la mano de nuevo en el bolsillo, la tela que se mueve.  

Laura recula con timidez, saca un fajo de billetes de la cartera, será más o menos lo que le pidió la cajera. No lo cuenta, solo toma la tarjeta de débito y sale del local. Sin la plata, sin la compra. Deprisa. Alguien la llama. Resuena el grito: ¡Señora!, ¡Señora! ¿Es la voz del chico? Tal vez a ese señora le siga un ¡dame la guita!. No voltea a mirar. No quiere saber.  Más tarde se fijará en chat de vecinos. Cuando haya llegado y se encierre en su casa.

Photo by Tamara Elnova on Pexels.com

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