
Querida Silvia:
Alguna vez me dijiste que te escribiera si llegaba a sentir que me estoy ahogando, y creo que este momento no puede ser más literal. Supongo que ya te habrás enterado por las noticias de que estamos aislados. La inundación se llevó todo, incluso nuestros teléfonos celulares. Hay uno fijo en el centro de evacuados y lo habilitan un rato cada tarde para que la gente lo use, pero es prácticamente imposible acercarse al aparato. Hay personas que hacen la fila hasta un día antes y te piden dinero a cambio de cederte el lugar, como si tuviéramos con qué pagarles. Apenas si llegamos con la ropa puesta y un par de mantas que logramos agarrar cuando el agua empezó a subir.
Qué poca importancia le damos a una manta en nuestra vida. Solemos cambiarla cuando se decolora o cuando deja de combinar con el nuevo decorado, o simplemente porque nos ha cansado. Pero anoche, ese simple pedazo de tela nos salvó de morir congelados. La naturaleza es terrible, pero no puedo culparla por ser tan vengativa. Muchos fuimos los que decidimos no marchar contra las obras que pretendían talar la mitad del bosque. Pensamos que el nuevo condominio nos traería progreso, más turismo. Que nuestros hijos tendrían una razón para quedarse más que para huir, como lo hiciste vos en su momento. Sé que no tiene nada que ver con que el río se haya salido de su cauce, pero siento que de alguna manera nos pasa factura.
La semana pasada se me ocurrió pasar por nuestro camino especial, el de los eucaliptos gigantes. Hacía tiempo que no iba. Las obligaciones diarias, la escuela de Joaquina o los continuos achaques de Fausto me tenían demasiado ocupada. No sé qué fue lo que me llevó hasta allí. Ahora que lo pienso, tal vez fue un aviso, una advertencia que no supe interpretar. Porque lo que pasó es que no pude encontrarlo. No quedaba ni una astilla del tronco. ¿Podes creerlo? Se llevaron el árbol donde tallamos nuestros primeros amores. No puedo entender por qué algunos pueden ser tan crueles o ciegos como para derribar un pedacito de historia, de nuestra historia. Debajo de esas ramas había mucho más que sombra. Era el escenario de nuestras largas tertulias de mate y termo, en la época en que creíamos que podríamos salvar al mundo.
¿Te acordás? Vos llevabas la carpa india que te había regalado tu abuela hacía como mil años. Pesaba una tonelada porque los parantes estaban hechos de madera y no de aglomerado o plástico como las modernas. La tela roja tenía algunos agujeritos de las mordidas de las polillas, pero a pesar de eso estaba impecable y ¡qué bien que nos venía en verano, para refugiarnos de los mosquitos! No solo de los mosquitos, también de los chismosos del pueblo. Porque aquí se sabía todo, aunque pensáramos que habíamos cubierto el rastro.
Yo llevaba los libros, esos que no nos dejaban leer en casa y que escondía debajo de la cama. Había convencido a Pardo, el bibliotecario, de que me los prestara bajo el mostrador y, para que no figurara mi nombre en el registro, le puse Rosa Cuarzo, el personaje de uno de los cuentos que más nos gustaban. Un día llamaron a casa preguntando por ella y mi madre creyó que era la amante de mi padre y que había dado nuestro teléfono como si fuera de ella. Mi padre durmió una semana fuera de casa hasta que pudo convencerla de que se trataba de una equivocación.
Esta mañana, al despertar sobre el incómodo colchón que nos proporcionaron, recordé lo bien que solíamos pasar las tardes en la pequeña carpa. Ese era nuestro refugio, nuestro espacio de libertad entre tanto prejuicio. A veces me pregunto cuándo fue que nos equivocamos, ya sea cuando escapaste a la universidad o cuando decidí aceptar que no había otro destino que el matrimonio.
Nunca te lo dije, pero guardé el bálsamo labial que llevabas puesto el día que compartimos nuestro primer beso. Aquel que tenía sabor a frutilla. No era verdad que lo hubiera perdido, como te dije; simplemente, quería conservarlo para recordar el sabor de tu piel. Cuando te fuiste, decidí inventar un ritual, algo un tanto absurdo quizás, pero efectivo para mí. Cada noche, al irme a la cama, me aplicaba ese bálsamo afrutillado. Con el tiempo, se convirtió en una pasta reseca y sin aroma, una especie de triste simetría de lo poco que quedó de nosotras.
Tal vez te preguntes si la fuerza del río desbordado ha afectado mi mente. Sé que decidimos enterrar los recuerdos, pero supongo que son tan necesarios como una simple manta. Manuel viaja mañana a la capital con un transporte de defensa civil a buscar víveres, y le pedí que te entregara esta carta. Él se quedará un par de días para intentar conseguir algo de dinero y otras cosas que no tenemos aquí. Le dije que eras una vieja amiga y que podrías echarle una mano. No me juzgues, Manuel no tiene la culpa de nuestra cobardía.
Esta es mi «mensaje en la botella», así que espero que aún vivas en la dirección que me diste hace tiempo. Tú sabrás qué hacer con ella. No quisiera que eso también lo llevara el agua.
Laura.
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