¿Hay que pensar el año viejo?

pensar el año viejo
Pensar el año que se va

Llega fin de año y la palabra “balance” circula en boca de todos. Es cierto. Las empresas están obligadas a confeccionarlo una vez en cada ejercicio económico. ¿Y las personas?

Soy de aquellas que piensa que el año nuevo es un cambio en el calendario y que la mañana del primero de enero no te trae nada en especial, salvo una resaca de la noche anterior.

Pero de algún modo, la necesidad de pensar el año que pasó y el que vendrá, se cuela entre nosotros y heme aquí hablando de cómo podríamos enfocar este análisis sin caer en el lugar común.

Es el fin del año, no del mundo (¡eso espero!)

Desde el punto de vista técnico, un balance es el reflejo de la situación económica de un negocio, en una época determinada y me gusta esta explicación para recordar que todo balance es una foto de un momento preciso del año, pero no de toda nuestra vida. Si bien es una obviedad, no viene mal tener presente que las circunstancias se modifican y que lo que hoy nos pasa, no necesariamente nos pasará mañana.

Es mejor abordar la memoria sin dramatismos. No es cuestión de ser o no ser, sino de evaluar. Y como en definitiva somos alumnos y profesores a la vez, podemos tratarnos con cierta indulgencia. Por eso, si este año no fue como esperábamos no es necesario que nos azotemos de culpa hasta que sangren las heridas.

Del mismo modo que si estamos atravesando un mal momento, una enfermedad, o un duelo, tampoco se hace necesario forzar el mandato del positivismo y decir que está todo bien.

A veces no está todo bien. Si te echaron del trabajo diez días antes de Navidad, aunque el año haya sido espectacular y salvo que estuvieses deseoso de cobrar esa indemnización, podes sentir que todo fue una cagada.

Me gusta una enseñanza que dice: “lo que resiste, persiste”. Cuando luchamos contra las emociones negativas -por mandato o por vergüenza- nuestra mente suele hacer lo contrario. Como cuando estamos muy enojados y nos piden que nos calmemos. El cerebro contesta: ¿sabés qué? ¡La bronca no se me va ni hasta pasado mañana! Las emociones van y vienen.

Eso sí, no es bueno tomar decisiones trascendentes cuando esas emociones nos embargan (tanto negativas como extremadamente positivas).

La cuenta del tiempo

¿Qué poner en la balanza? El clásico augurio es que no nos falte salud, dinero y amor. Un juego de palabras que, si todo va bien, tratamos de poner en un orden políticamente correcto para no parecer ni demasiado codiciosos, ni demasiado autosuficientes, o demasiado inmortales.

Sea como sea que nos guste armarlo, a este tridente quisiera agregarle el cuarto poder, que no es el periodismo ni Tik Tok, sino su señoría El Tiempo. Una de las obsesiones de Borges y también, de casi todos los seres humanos.

Nos pasamos hablando del tiempo. Del tiempo que no tenemos, del que quisiéramos tener, del que no nos alcanza para nada, del que transcurrió desde que visitamos a esos amigos o vimos a nuestros padres. ¿Cuántas horas al día, al mes y al año nos dedicamos a medirlo? Las horas de tráfico que te indica el Waze, los minutos que te lleva leer un artículo como este, escuchar una playlist en Spotify, terminar la rutina del gimnasio o ver una película.  ¿Y el que pasas en el celular? También.

Me animo a decir que el tiempo es lo que más deseamos y, a la vez, lo que menos valoramos. No es una contradicción. Muchas veces queremos tener tiempo para hacer algo y cuando lo logramos, no lo disfrutamos al 100%. O lo usamos para hacer otra cosa a la vez.

Una de las frases que más escucho -y que yo también suelo decir- es: No me gusta perder el tiempo. ¿Y si se tratara de eso? ¿De perdernos en él, en lugar de medirlo?

Proyectos. ¿Sí o no?   

Como buena abogada te respondo: Depende.

Uno de mis libros preferidos es “El sutil arte de que (casi todo) te importe una mierda” de Mark Manson. Diría que me dio el impulso final que necesitaba para hacer un cambio en mi carrera. ¿En qué punto? En el que afirma que debemos aceptar nuestra mediocridad.

 Manson nos confronta a una dura realidad: no es necesariamente cierto que todos podamos ser extraordinarios ni que vayamos a lograr grandes cosas. Esta creencia lo único que sirve es para inflar o desinflar egos. Y entonces, cuánto más arriba está el globo, más grandes e imposibles serán nuestros proyectos. A la inversa, si el ego anda por el piso, nos flagelamos pensando que el siguiente año seguiremos siendo víctimas del sistema.

No quiero decir con esto que no es buenos soñar. Al contrario. Uno de los pilares de la creación es la idea y cuántas más tengamos, mejor. Lo que ocurre es que, si no contrastamos esa idea con la posibilidad de llevarla a la práctica, nos frustramos y luego no hacemos nada.

¿Y si en lugar de grandes proyectos, comenzamos con pequeñas cosas?  Eso sería aceptar nuestra existencia mundana como propone Manson y liberarnos del gran mandato de ser exitosos el año que viene. Tal vez así, podamos reforzar nuestra capacidad para disfrutar del proceso. O por lo menos del brindis del año nuevo.

¿Hay que hacerlo?  

A algunas personas les sirve más que a otras. Repasar el activo y el pasivo del año que se va, siempre que lo hagamos con mesura y realismo, puede ayudarnos a encarar de otra forma -o de la misma si estamos conformes- el período que viene.

Detenerse a pensar nunca viene mal, pero tampoco es obligatorio hacerlo en diciembre.   No hay ningún accionista esperando los números, solo nosotros. Y somos humanos.  

Photo by Engin Akyurt on Pexels.com

Quizás te interese: https://loscuentosdecari.wordpress.com/salir-de-noche/


Comentarios

Deja un comentario