La vieja y el mar

lady in beach silhouette during daytime photography

Ser vieja no tiene nada de bueno. Salvo la tranquilidad que da la sabiduría de haber pasado por diversas crisis vitales. Y ni siquiera. Porque, de algún modo, ese mundo de pavadas de los diecisiete o los veinte, era parte de la energía vital. El combustible que no solo inflamaba el drama, también nos permitía salir a bailar todas las noches, esperar el amanecer en la playa, devorar un tostado olímpico en la Fragata a las seis de la mañana -a veces un chivito con papas fritas también-, dormir hasta el mediodía, siesta de diez a doce de la noche y a la una de la madrugada del día siguiente, arrancar todo de nuevo.

Nada de eso existe hoy. Y es literal. Ninguno de los boliches a los que solíamos ir, ni la confitería Fragata, ni el tostado olímpico, ni el puesto de chivitos del puerto. Los lugares de veraneo son un puente efímero entre la primavera y el otoño por donde pasan los días de playa, los amores casuales y las ganas de pasarla bien. Crucé muchos de esos puentes a lo largo de mi vida. Sola, con mis padres, con amigas, con mi marido y con mis hijos también. Pero es raro ver que de todo esos lugares, no queda nada en pie.

Es cierto, a mis casi cincuenta y cuatro años, no puedo decir que estoy vieja. Digamos entonces que aquello fue parte de mi primera juventud y que, en esta segunda, levantarse a las cinco de la mañana para hacer pis, no tiene nada de bueno.  

Salvo la vista causal de un amanecer en el que escribo estas líneas insomnes.

Diario de viaje – Punta del Este

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